jueves, 16 de agosto de 2007

Falsa apología

Presumo que Manuela nació en México a manos de una chiapaneca de aspecto risueño, aunque también lo habría podido hacer en China por gracia de una cadena de producción. Aunque me gusta pensar que tiene más de cuatrocientos años, presumo que a lo más tendrá cuatro añitos recién cumplidos. Sin embargo, acumula una sabiduría pacienta y sosegada.

Por las mañanas le toco la cabecita oscilante y suavemente me retorna un gesto afirmativo que me lleva de buenas vibraciones. Como la bruja que le pregunta a un espejo, me responde una y otra vez con un “sí” oscilante. Otras veces le soplo la cara y hace las piruetas de un chihuahua lleno de simpatía.

Sin embargo, Manuela despierta algo oscuro en mí. No me gusta que nadie ni la mire, ni la toque, ni le pregunte cosas, ni le sople la cabecita. Manuela es mía y por eso la llevo en mi coche, la pongo sobre mi ordenador y está, por las noches, sobre mi mesilla de noche.

Aún y con estas, ella me mira con el mismo rostro pintado con que lo hacía cuando me la regalaron.

Como es mía, hoy he estado a punto de destriparla para que no moviera su cabecita burlona ante nadie que no fuera yo. Tenía el cutter entre los dedos y ha movido la cabecita: le he perdonado su vida, que me pertenece… pero todo llegará, pues ella es mía, me pertenece.

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Hoy me he emocionado leyendo el artículo de Lluis Foix en La Vanguardia, también localizable en su blog personal. Imprescindible lectura antes y después de irse de vacaciones.

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