jueves, 2 de agosto de 2007

Hacerse un agosto

La oficina guarda silencio. A uno de agosto, sólo ruge la voz de una secretaria que habla por teléfono de cualquier cosa que no sea trabajo. La máquina de café ha olvidado lo que son las horas extra. El ritmo del tecleo se reduce una decena de pulsaciones por cada minuto que pasa. Sin embrago, entre las mesas corre ese silencio sepulcral de los días en que se piensa seriamente en el trabajo que se hace, que no es lo mismo que trabajar a destajo.

Ha llegado el agosto y, cuando sólo faltan tres días para que el director marche de vacaciones, se percibe el principal síntoma del tedio estival: los teléfonos han dejado de sonar. Si alguno lo hace, es para contarnos algo chistoso; para notificarnos un inicio de vacaciones; para encargarnos alguna estupidez que, en este y cualquier otro agosto, suena a castigo o marrón; o para conocer a alguien que ha equivocado un dígito, …

Sin embrago, desde hace unos años, que prefiero ser de los que hacen el agosto. Puesto que, tal vez en unos minutos, este silencio sepulcral de romperá, caerán algunas risas, tomaremos un café relajado y hablaremos de la próxima escapada a la montaña.

Además, todos aquellos que nos hacemos el agosto en la oficina sabemos que, durante tres semanas, siempre encuentras asiento en el trasporte público que usas a primera hora; el jefe es uno de los que está de vacaciones; la cerveza de media tarde no sabe a tedio estival, sabe a libertad; puedes ir a la oficina en bambas; o cuando todo el mundo esté trabajando, tú te irás de vacaciones (¡a tope!).

Hasta hoy muchos pensaban que los únicos que hacían el agosto eran los chiringuitos de Salou, Lloret o Sitges. Este año, los currantes también harán su agosto.

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