En el bar del puerto la máquina de café no se paraba ni un minuto. Los grupos de abigarrados clientes, sentados en bancos bañaban las magdalenas en sus respectivos cafés con leche. Afuera llovía ininterrumpidamente y, a ratos, diluviaba de forma torrencial.
Cuando, sobre las diez de la mañana llegó el último grupo de clientes, hacinados bajo minúsculos paraguas, dejó de llegar gente a aquel bar de pescadores.
Ese domingo se habían reunido el grupo de chicos que normalmente vigila el puerto, dos matrimonios huraños que viven en sendas barcas y un par de familias de visitantes.
La previsión era nefasta y ninguno de ellos saldría a navegar en principio. La máquina de café dejó paso a los primeros platos calientes. A las 12 horas caían los primeros caldos.
Llevaban una semana sin ver el sol ni la mar plana. Era un día normal de otoño, fechado a 19 de agosto.



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