El mes de julio de 1964, una joven pareja de jóvenes ingleses recién casados, decidieron aventurarse a tomar el autobús urbano que unía las tres poblaciones más importantes de la región. Llevaban dos años veraneando en la costa y nunca había salido de aquel pueblo turístico que de modo tan tolerante les acogía.
Esa mañana, a las 9, tomaron un autobús carroñoso, con olor a gallina y a vino rancio, donde coincidieron con tres estudiantes que iban a repaso, dos mozos que había logrado trabajo en el pueblo y el chico del correo con el tráfico postal. Eran tan extraños que los indígenas de la zona sólo fueron capaces de indicarles con señales cuáles eran los asientos más honrosos, los que no estaban ni cagados por la gallinas ni recomidos por la carcoma.
El autobús tardó cuarenta minutos en recorrer el trayecto que separaba la playa del pueblo, y que caminando se superaba en el mismo tiempo. Pero ellos habían llegado y ya se sentían aventureros.
A los pies del apeadero les esperaba Pascal, que dotado de un sexto sentido apabullante, había percibido el olor a crema hidratante de los primeros ingleses que pisaban el pueblo diez minutos antes de que llegara el autobús.
Igual que el día que el Jefe del Estado visitó esta población, los habitantes se preparaban para hacerse fotos junto a los visitantes. “Esta vez, no se nos escapará”, pensaban ante la posibilidad de que la efeméride terminara igual de rápido que la visita de Usía —que pasó a toda prisa, sin apearse de un coche en marcha—.
En medio del gentío, Pascal, que se consideraba el único especialista en turismo del pueblo, dirigía por las calles a los que, para sus adentros, ya eran sus primeros clientes internacionales.
Desde una mesa solitaria, dos hombres se lo miraban distraídos mientras se tomaban un descanso en su partida de ajedrez diaria. Eran el banquero y el secretario. Al alcalde, ausente del café, se encontraba en la capital comprando mocasines.
La pareja de ingleses fueron agasajados durante todo el día: les mostraron todos los rincones, se ofició una misa en su honor, firmaron en el libro de visitas del Ayuntamiento y almorzaron sentados cómodamente en las tronas del comedor del Hotel Rey Fernando el Católico.
Al atardecer, Pascal le había abierto una ficha en el registro del Hotel por iniciativa propia y, para no herrar el tiro, organizó una exhibición de labranza a la hora en que pasaba el único autobús de vuelta a la playa.
Pasaron las vacaciones atendidos como reyes. Y fueron igual de intensos los siguientes veranos. También lo fueron cuando vinieron con sus hijos e incluso con los primeros años de los nietos. Pascal fue siempre el mismo hombre atento hasta que Inglaterra dejó de ser el Reino Unido de las pensiones altas y la excelsa seguridad social. Entonces empezó a mirar con desdén a sus clientes internacionales.
Hoy, Los Ingleses siguen ahorrando Libras de su mísera pensión Teacheriana para poder ir de vacaciones cada septiembre al Hotel Rey Fernando el Católico. La gente del pueblo ya no les conoce, ya no les para por la calle y, como ellos siguen reclamando la misma generosidad que el primer día, ni les abren la puerta si llaman al timbre.


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